viernes, 14 de mayo de 2010

El Umbral

Era un cuarto, no sé de qué tipo, quizás una sala o un pequeño hall de repartición. Lo iluminaba una luz entre anaranjada y amarilla, del color que se pone el ambiente cuando un foco de tungsteno está a punto de quemarse. El paso a seguir era el de siempre: atravesar la puerta, salir de la habitación.

Como suele pasar, afuera me esperaba un pasadizo oscuro cuya existencia solo podía adivinar por las marcas del encuentro entre el suelo y las estrechas descrita por la diminuta luz Mi mirada apuntaba únicamente a la puerta de madera enchapada y no me di tiempo para ver (o imaginar) el resto de aquel cuarto.

En cuestión de minutos, tuve que hacerlo. Atravesé el umbral de esa puerta, intuyendo que, como suele ocurrir, la puerta se cerraría bruscamente para atraparme en las tinieblas del pasadizo, donde quién sabe qué encontraría. Y de hecho, sucedió. Sin que nadie estuviera ahí para empujarla, la puerta se cerró, en el mismo instante en me ubicaba al límite entre la insuficiencia y la ausencia total de luz.

Naturalmente, esto no podía ser normal, "estas cosas no pasan en nuestro mundo", pensé. La puerta tenía que haber sido manipulada por alguien de otro plano, un espíritu inquieto y malintencionado muy probablemente. Sea lo que fuere, nada me importó más en ese momento que obviar la naturaleza del fenómeno y oponerme a las malas intenciones del invisible acompañante. Las bisagras de la puerta volviéronse resortes de una trampa para ratones; cualquier esfuerzo por mantenerla abierta no habría hecho variar el resultado. Me había quedado atrapado en el umbral con el único fin de no permitir que me cerraran la que asumí la única salida de aquel poco explorado cuarto. Y entonces...

... desperté.





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