Llevo algún tiempo preguntándome si en verdad es posible conocer de antemano lo que una persona siente por uno, particularmente cuando se trata de interés afectivo. La mayoría de desilusiones suceden precisamente por una mala interpretación de las actitudes de la otra persona, algo que ha sido explicado ya por psicólogos, especialistas y unos cuantos más por experiencia propia en sus respectivos blogs. Pero el detalle está en que no se trata de pura incapacidad analítica, sino de que es difícil -para unos más que para otros- vencer el sesgo que una situación sentimental le imprime a nuestras apreciaciones.
A medida que se superan otras desilusiones uno puede, si quiere, ir aprendiendo. Quizás ese sea el único beneficio que, a la larga, terminan ofreciendo esas muy desagradables circunstancias. Se aprende a no mezclar los sentimientos con el verdadero análisis, de modo que se acepte la realidad tal cual es. Sin embargo, tampoco quiere decir que uno pueda a ciencia cierta decir con total precisión que la persona por quien se empieza a sentir algo no nos corresponde. Desde luego que no. Por eso es que, ante una situación así, el paso final e indispensable es dar a conocer con claridad nuestros sentimientos a esa persona. Especialmente si se trata de alguien cuyas actitudes resultan más bien ambiguas.
Por supuesto que el ego parece ser el gran perdedor en todo este rollo. Puede pensarse que nos exponemos a mostrar cierta debilidad frente a la otra persona, a su lástima, a sumar otra derrota. Esa es una interpretación -errada desde mi punto de vista por culpa del ego- que nos impide terminar con la situación de incertidumbre, incrementada por la disminución considerable de nuestra capacidad de análisis. Por el contrario, decir lo que sentimos nos ayuda, creo yo, a atar cabos sueltos y a eliminar cualquier falsa esperanza que pueda esconderse en el subconsciente.
Ahora bien, a veces nos vemos tentados a decir lo que sentimos no por la necesidad de darle un final definitivo a nuestros tormentos. Hay quienes se arman de valor para anunciar sus sentimientos con la esperanza de que haciéndole conocer la verdad, esa persona especial comenzará a sentir lo mismo por ellos. Falso. No tiene sustento alguno pensar que conmoveremos lo bastante a la persona de nuestros sueños como para hacer que se fije en nosotros. Probablemente haya casos en los que ese paso bastó para tener el final feliz que muchos esperamos. Pero lo más sensato sería no atribuirle capacidades que no tiene a una simple medida informativa.
Es perfectamente posible darnos cuenta de detalles elementales acerca de si le interesamos o no a alguien. Lo único imposible es estar cien por ciento seguros de que no hay otros motivos por los que no se han fijado en nosotros, o cuánto opera el sesgo emocional en nuestra capacidad de análisis. Así que no se trata, pues, de que se hable para que, por arte de magia, nos empiecen a querer solo porque esa persona sabe ahora que recibirá cariño exclusivo de nuestra parte.
Otro punto, en ese sentido, que dificulta una declaración -como se conoce popularmente a este acto- es que existe la idea ampliamente difundida, entre hombres y mujeres, de que dicha medida es sinónimo de petitorio. Quien se declara se pone, bajo esta mirada, en la posición de quien pide el cariño de la otra persona, y no de quien pide claridad.
Justamente porque muchísima gente ha caído en el error de esperanzarse al revelar lo que sentía es que se prejuzga habitualmente como un pedido lo que una persona busca con su revelación. Porque hay, desde luego, quienes solo necesitan acabar con el martirio de la incertidumbre, con el cansacio de ir día a día a la caza de señales para interpretar el mundo interior de esa persona importante. Y en ese grupo es en el que me incluyo, definitivamente.
Entonces, si se trata de declaraciones, los únicos motivos por los que una persona ilusionada debería revelar sus sentimientos es por la necesidad de claridad, de transparencia, de paz interna y por el inherente deseo humano de conocer la verdad de las cosas. Queda descartado, a mi modo de ver, usar una declaración como arma de conquista, tanto como quedarse callado por no lastimar el orgullo propio.
Si uno ha notado varios detalles que lo hacen sentirse poco querido por la persona que le interesa, lo más probable es que la respuesta a su revelación sea negativa. Así que no habría razón para crearse falsas expectativas ante una necesaria pero cauta declaración sentimental que nos ayude a continuar con nuestras vidas.
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